
31.10.07
Llueve en mi cabeza
Me siento sola. Y desorientada. Sé que espero, espero, espero… pero no sé el qué. Llueve. Y esas gotas me reconfortan, me acunan, me calman. Si cierro los ojos, puedo ver más clara la realidad, es más nitida en mi memoria que a mi alrededor. La escojo, la selecciono. Como si se tratara de un menú de una de esas películas en dvd, con los extras. Apreto el botón que activa cada escena y la puedo revivir.
La lluvia que cayó el día en que faltó mi padre. La primera vez que sentí de veras esa soledad auténtica, la que te desconecta de los humanos y te une a la tierra, como si fueras un árbol. Y sentir la lluvia, que te acompaña, que te acolcha, te canta y te mima.
La lluvia que acompañó mi primer beso, dulce, tierno y húmedo como esas gotas que nos empapaban segundo a segundo, minuto a minuto, mientras nuestros labios seguían juntos. Qué más daba un poco de agua. Me sentía aislada del mundo, sólo existíamos él y yo… y la lluvia.
La lluvia que marcó el día en el que nació mi hijo, sin previo aviso, sin día acordado, sin acuse de recibo. No le tocaba nacer. Pero nació. Diluviaba mientras la ambulancia me trasladaba de un hospital a otro. Y en la sala de dilatación sólo se oia esa música mecedora, causada por la lluvia en el exterior. Era un día gris, y nació un niño lila. Cosas de la vida.
Vuelvo a abrir los ojos y pierdo la seguridad que me acompañaba hace un instante. No sé cómo he llegado a este lugar. No me resulta familiar, no conozco nada. Lloro. Lloro de angustia y desesperación. De soledad, de pena. De ignorancia. De nada. Mi mente está en blanco, como cuando tenía exámenes finales en la Universidad… Oh, eso lo recuerdo perfectamente, como si lo viviera ahora mismo. Cierro los ojos y puedo ver esa aula, las risas histéricas con Maite, antes de entrar al examen. El Katakali de Kerala!!!! El Kabuki, el teatro Noh japonés… Jajajajaja… Nos daban risa esos nombres absurdos que habíamos memorizado en las clases de historia del teatro, con esa eminencia arrogante que teníamos por profesor.
Y en cuanto se desvanece ese recuerdo, todo vuelve a perder sentido. Sólo lo encuentro al cerrar los ojos y buscar en mi memoria. Menos mal que llueve, y esa lluvia me acompaña, me ayuda. Sé que espero a algo, o alguien… Y se retrasa. No llega, sé que me va a sacar de este lugar. No te pongas nerviosa, no llores más. Ya llega. Sólo aguanta un poco más. Siente la lluvia, y piensa en el mar…
- Señora Leonor, ¿qué hace otra vez en la ducha? ¿No ve que es hora de dormir, mujer? Venga, que la voy a secar y nos vamos a la cama…
La lluvia que cayó el día en que faltó mi padre. La primera vez que sentí de veras esa soledad auténtica, la que te desconecta de los humanos y te une a la tierra, como si fueras un árbol. Y sentir la lluvia, que te acompaña, que te acolcha, te canta y te mima.
La lluvia que acompañó mi primer beso, dulce, tierno y húmedo como esas gotas que nos empapaban segundo a segundo, minuto a minuto, mientras nuestros labios seguían juntos. Qué más daba un poco de agua. Me sentía aislada del mundo, sólo existíamos él y yo… y la lluvia.
La lluvia que marcó el día en el que nació mi hijo, sin previo aviso, sin día acordado, sin acuse de recibo. No le tocaba nacer. Pero nació. Diluviaba mientras la ambulancia me trasladaba de un hospital a otro. Y en la sala de dilatación sólo se oia esa música mecedora, causada por la lluvia en el exterior. Era un día gris, y nació un niño lila. Cosas de la vida.
Vuelvo a abrir los ojos y pierdo la seguridad que me acompañaba hace un instante. No sé cómo he llegado a este lugar. No me resulta familiar, no conozco nada. Lloro. Lloro de angustia y desesperación. De soledad, de pena. De ignorancia. De nada. Mi mente está en blanco, como cuando tenía exámenes finales en la Universidad… Oh, eso lo recuerdo perfectamente, como si lo viviera ahora mismo. Cierro los ojos y puedo ver esa aula, las risas histéricas con Maite, antes de entrar al examen. El Katakali de Kerala!!!! El Kabuki, el teatro Noh japonés… Jajajajaja… Nos daban risa esos nombres absurdos que habíamos memorizado en las clases de historia del teatro, con esa eminencia arrogante que teníamos por profesor.
Y en cuanto se desvanece ese recuerdo, todo vuelve a perder sentido. Sólo lo encuentro al cerrar los ojos y buscar en mi memoria. Menos mal que llueve, y esa lluvia me acompaña, me ayuda. Sé que espero a algo, o alguien… Y se retrasa. No llega, sé que me va a sacar de este lugar. No te pongas nerviosa, no llores más. Ya llega. Sólo aguanta un poco más. Siente la lluvia, y piensa en el mar…
- Señora Leonor, ¿qué hace otra vez en la ducha? ¿No ve que es hora de dormir, mujer? Venga, que la voy a secar y nos vamos a la cama…
Piedras en los bolsillos
Teresa sabía que su matrimonio hacía aguas. Los momentos mágicos de silencio compartido se habían convertido en grandes losas silenciosas que pesaban sobre sus espaldas. Él se escondía tras el periódico. Ella bajo un simulado interés por cualquier programa de televisión. Habían pasado maravillosos años juntos, pero sin lugar a dudas, hace tiempo que quedaron atrás.
Quizá fue cuando Pedro empezó a quedarse hasta tarde en la oficina, escudándose en la patética excusa del trabajo atrasado. Horas extras de soledad para Teresa, que cada vez dudaba más de la sinceridad de su marido. Angustiada y ahogada en el bucle de sus pensamientos, llegó al pleno convencimiento de que había otra mujer. Y bajo "el fin justifica los medios" de los celos, Teresa empezó a buscar evidencias de su infidelidad por todas partes. No encontró nada sospechoso en su móvil, ni en su agenda, ni en ninguno de sus cajones. Ni siquiera una nota entre sus libros. Ni una foto.
Una noche, mientras Pedro se duchaba, Teresa metió la mano en los bolsillos de su americana. En el derecho encontró una piedra. Perpleja, la mantuvo en su mano unos segundos, intentando sin éxito encontrar algún sentido a tal hallazgo.
Las semanas pasaban y Pedro seguía llegando tarde a casa. Teresa estaba convencida de la existencia de esa otra mujer, a pesar de no tener ninguna prueba. Seguía registrando su chaqueta y cada vez encontraba en ella otra piedra. Cada vez una diferente.
Una tarde, después de una llamada de Pedro comunicando que se quedaba a trabajar, Teresa decidió espiarlo. Lo esperó simulando mirar un escaparate a varios metros de su oficina, los suficientes para no ser vista. Teresa inspeccionaba cada mujer que por allí pasaba, pensando que quizá cualquiera de ellas podría ser la amante. Pedro salió puntual. Solo. Nadie se acercó a esperarlo.
Subió al tren de cercanías, como era habitual en su trayecto, pero no bajó en la estación que quedaba cerca de casa. Teresa se sentía desbocada, se debatía entre la extraña emoción de encontrar in fraganti a su marido y la rabia de la mujer traicionada . Notaba palpitar a toda prisa su corazón. Era francamente excitante la sensación de riesgo por ser descubierta, a sólo unos metros de Pedro. Se le pasaban tantas cosas por la cabeza… Y esas piedras. ¿Qué querían decir? ¿De dónde diablos salían?
Tan concentrada estaba en sus dudas, que casi no se dio cuenta de que él bajaba del tren. Estaban en un pueblecito donde Pedro había veraneado durante años, antes de conocerla. Se dirigió decidido hacia la playa. Ella se quedó quieta, contemplando cómo Pedro llegaba ante el mar, se sacaba algo del bolsillo de la chaqueta y lo lanzaba al agua. Después, se sentó en la arena. Una arena gruesa, aderezada con hermosas piedras. Y permaneció así, solo y quieto durante largo rato. Teresa no podía creer que ése fuera El Secreto. Su marido simplemente pasaba alguna tarde contemplando el mar… Volvió hacia la estación y subió en el primer tren que la llevaba a casa.
Esa noche, cuando Pedro regresó, Teresa lo abrazó muy fuerte. Se sentía inmensamente aliviada. No había ninguna otra mujer.
Pedro se sorprendió ante el recibimiento de su habitualmente gélida esposa. Encontró en ese abrazo cierto consuelo. Se sentía tremendamente triste. Hacía ya algún tiempo que no lograba dejar de pensar en Alba, su primer y gran amor. Desde que un viejo amigo le había comunicado su muerte, ella se había instalado obsesivamente en su cabeza. Nunca entendió por qué la dejó escapar. Y ahora, de repente, sentía que nunca la había dejado de amar. Por eso, algunas tardes, se escapaba a aquella playa en la que tantas veces hicieron el amor, donde hablaron, rieron, donde pasaron momentos de los que no se olvidan. Allí le encontraba el anochecer, mientras él buscaba el alba. Se llevaba cada vez una piedra de aquella playa que le recordaba a ella, para sentirla cerca, para llevarla encima.
Quizá fue cuando Pedro empezó a quedarse hasta tarde en la oficina, escudándose en la patética excusa del trabajo atrasado. Horas extras de soledad para Teresa, que cada vez dudaba más de la sinceridad de su marido. Angustiada y ahogada en el bucle de sus pensamientos, llegó al pleno convencimiento de que había otra mujer. Y bajo "el fin justifica los medios" de los celos, Teresa empezó a buscar evidencias de su infidelidad por todas partes. No encontró nada sospechoso en su móvil, ni en su agenda, ni en ninguno de sus cajones. Ni siquiera una nota entre sus libros. Ni una foto.
Una noche, mientras Pedro se duchaba, Teresa metió la mano en los bolsillos de su americana. En el derecho encontró una piedra. Perpleja, la mantuvo en su mano unos segundos, intentando sin éxito encontrar algún sentido a tal hallazgo.
Las semanas pasaban y Pedro seguía llegando tarde a casa. Teresa estaba convencida de la existencia de esa otra mujer, a pesar de no tener ninguna prueba. Seguía registrando su chaqueta y cada vez encontraba en ella otra piedra. Cada vez una diferente.
Una tarde, después de una llamada de Pedro comunicando que se quedaba a trabajar, Teresa decidió espiarlo. Lo esperó simulando mirar un escaparate a varios metros de su oficina, los suficientes para no ser vista. Teresa inspeccionaba cada mujer que por allí pasaba, pensando que quizá cualquiera de ellas podría ser la amante. Pedro salió puntual. Solo. Nadie se acercó a esperarlo.
Subió al tren de cercanías, como era habitual en su trayecto, pero no bajó en la estación que quedaba cerca de casa. Teresa se sentía desbocada, se debatía entre la extraña emoción de encontrar in fraganti a su marido y la rabia de la mujer traicionada . Notaba palpitar a toda prisa su corazón. Era francamente excitante la sensación de riesgo por ser descubierta, a sólo unos metros de Pedro. Se le pasaban tantas cosas por la cabeza… Y esas piedras. ¿Qué querían decir? ¿De dónde diablos salían?
Tan concentrada estaba en sus dudas, que casi no se dio cuenta de que él bajaba del tren. Estaban en un pueblecito donde Pedro había veraneado durante años, antes de conocerla. Se dirigió decidido hacia la playa. Ella se quedó quieta, contemplando cómo Pedro llegaba ante el mar, se sacaba algo del bolsillo de la chaqueta y lo lanzaba al agua. Después, se sentó en la arena. Una arena gruesa, aderezada con hermosas piedras. Y permaneció así, solo y quieto durante largo rato. Teresa no podía creer que ése fuera El Secreto. Su marido simplemente pasaba alguna tarde contemplando el mar… Volvió hacia la estación y subió en el primer tren que la llevaba a casa.
Esa noche, cuando Pedro regresó, Teresa lo abrazó muy fuerte. Se sentía inmensamente aliviada. No había ninguna otra mujer.
Pedro se sorprendió ante el recibimiento de su habitualmente gélida esposa. Encontró en ese abrazo cierto consuelo. Se sentía tremendamente triste. Hacía ya algún tiempo que no lograba dejar de pensar en Alba, su primer y gran amor. Desde que un viejo amigo le había comunicado su muerte, ella se había instalado obsesivamente en su cabeza. Nunca entendió por qué la dejó escapar. Y ahora, de repente, sentía que nunca la había dejado de amar. Por eso, algunas tardes, se escapaba a aquella playa en la que tantas veces hicieron el amor, donde hablaron, rieron, donde pasaron momentos de los que no se olvidan. Allí le encontraba el anochecer, mientras él buscaba el alba. Se llevaba cada vez una piedra de aquella playa que le recordaba a ella, para sentirla cerca, para llevarla encima.
Innumerable
Dicen que el primero nunca se olvida. Desde luego, yo no podría hacerlo. A pesar de mi extrema juventud, saboreé ese nuevo e inexplorado placer como un peregrino sediento. Exhuberante de fantasia, con la magia de la primera vez, generó en mí una cantidad de emociones contrapuestas y desconocidas. Cuando empiezas, es ya totalmente imposible parar. No podía dejar de hacerlo.
El segundo seguía inmerso en ese mundo aún inocente, mezclado con la dulzura. Quizá por eso lo degusté con mucha más calma y menos impaciencia.
El número tres llegó a mí de una forma inesperada, por casualidad. Seguramente no era lo apropiado para mi edad, pero precisamente por eso aún me causó mayor conmoción. No podía apartarme de él, necesitaba sentir sus palabras sonando una y otra vez en mi cabeza. Empecé a experimentar esa sensación de satisfacción y pena cada vez que todo acababa, para dar paso a otro. Porque tenía que haber otro.
Con el número cuatro experimenté cosas que jamás hubiera soñado. Me enseñó mucho más que los anteriores; imagino que a medida que maduras, aquello que vives también te afecta de diferente manera. A veces uno ve sólo lo que quiere, o lo que es capaz de ver. Y yo empezaba a tener capacidades extraordinarias.
El cinco, el seis, el siete…. Pasaron los años y dejé de contar. Es imposible llevar las cuentas, por mucho que a veces quisiera hacer una lista por el mero placer del cazador que enumera sus presas.
Pasados los treinta, el número carece de importancia. Ya no necesitas un inventario. Necesitas satisfacer tu ansia. Ya los has tenido de todo tipo: con los que te vas de vacaciones y siempre quedan en tu memoria junto aquél fantástico viaje; de los que no te apetece que nadie sepa que existen, pero que los disfrutas en secreto e incluso más que los otros; esos otros, los que puedes lucir por la calle viendo alguna que otra mirada furtiva de admiración; de los que acabas pasando a alguna amiga, aunque te pese, porque sabes que va a disfrutar como una loca y … qué demonios, para eso es tu amiga; de los que duran y duran, pero al final estás hartita de ellos y deseando que llegue el fín. De los que marcan tu vida, aunque no fueras consciente de ello en su momento. De los que te dejan una sonrisa boba en la cara…
Ahora he llegado a la conclusión de que soy una especie de toxicómana. Los necesito, como una droga. Y los consumo, ansiosa, feroz e insaciable. Intento dejar pasar un tiempo prudencial sin tocar uno. Pero cuando lo hago, es de la misma manera que una hambrienta devora un cochinillo con los dedos, llevándome el manjar a la boca desinhibidamente, con todo su jugo escurriéndose por la comisura de mis labios, por mis dedos, mientras me relamo y me los chupo para no perderme ni una sola gota de tal exquisitez. Puedo pasarme la noche sin dormir. Sólo existen dos cosas en el mundo. Mi libro y yo.
El segundo seguía inmerso en ese mundo aún inocente, mezclado con la dulzura. Quizá por eso lo degusté con mucha más calma y menos impaciencia.
El número tres llegó a mí de una forma inesperada, por casualidad. Seguramente no era lo apropiado para mi edad, pero precisamente por eso aún me causó mayor conmoción. No podía apartarme de él, necesitaba sentir sus palabras sonando una y otra vez en mi cabeza. Empecé a experimentar esa sensación de satisfacción y pena cada vez que todo acababa, para dar paso a otro. Porque tenía que haber otro.
Con el número cuatro experimenté cosas que jamás hubiera soñado. Me enseñó mucho más que los anteriores; imagino que a medida que maduras, aquello que vives también te afecta de diferente manera. A veces uno ve sólo lo que quiere, o lo que es capaz de ver. Y yo empezaba a tener capacidades extraordinarias.
El cinco, el seis, el siete…. Pasaron los años y dejé de contar. Es imposible llevar las cuentas, por mucho que a veces quisiera hacer una lista por el mero placer del cazador que enumera sus presas.
Pasados los treinta, el número carece de importancia. Ya no necesitas un inventario. Necesitas satisfacer tu ansia. Ya los has tenido de todo tipo: con los que te vas de vacaciones y siempre quedan en tu memoria junto aquél fantástico viaje; de los que no te apetece que nadie sepa que existen, pero que los disfrutas en secreto e incluso más que los otros; esos otros, los que puedes lucir por la calle viendo alguna que otra mirada furtiva de admiración; de los que acabas pasando a alguna amiga, aunque te pese, porque sabes que va a disfrutar como una loca y … qué demonios, para eso es tu amiga; de los que duran y duran, pero al final estás hartita de ellos y deseando que llegue el fín. De los que marcan tu vida, aunque no fueras consciente de ello en su momento. De los que te dejan una sonrisa boba en la cara…
Ahora he llegado a la conclusión de que soy una especie de toxicómana. Los necesito, como una droga. Y los consumo, ansiosa, feroz e insaciable. Intento dejar pasar un tiempo prudencial sin tocar uno. Pero cuando lo hago, es de la misma manera que una hambrienta devora un cochinillo con los dedos, llevándome el manjar a la boca desinhibidamente, con todo su jugo escurriéndose por la comisura de mis labios, por mis dedos, mientras me relamo y me los chupo para no perderme ni una sola gota de tal exquisitez. Puedo pasarme la noche sin dormir. Sólo existen dos cosas en el mundo. Mi libro y yo.
La caja
Había ido perdiendo pedacitos de cordura con el paso de los años, pero no eran más que fragmentos rotos y desordenados de aquel espejo de su memoria. De aquel límpido vidrio que se rompió drásticamente para no volver a brillar jamás, para dejar de reflejar sin distorsiones lo que sucedía ante él.
Sólo, ausente y viejo, dejaba pasar las horas frente a la ventana de su dormitorio en aquella deprimente residencia. Las horas se hacían de rogar, los días se resistían a pasar, los años se eternizaban. Estaba en el limbo de la consciencia, viviendo entre lamentos, lagunas y recuerdos que no sabía si habían existido o se habían creado en su imaginación.
De repente una voz angelical lo distrajo de sus confusos pensamientos.
- Alberto, tengo una cosa para ti. Una mujer ha dejado en recepción esta caja. Ha insistido en que no la podía abrir nadie más que tú. ¡¡¡Qué misterio!!! ¿No tendrás una admiradora, verdad?
La cuidadora se fue entre risas. Alberto asió fuertemente la caja, con miedo a que se le cayera, a perderla, como todo aquello que él había querido. Esa caja… Aún podía recordarla. La abrió y empezó a sonar esa música tan familiar “Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose”… Cerró los ojos y se dejó llevar por esa melodía tantas veces escuchada. Cuando las lágrimas se apoderaron de él, volvió a abrir los ojos y creyó tenerlos tan nublados que no le permitían ver con claridad. Después de frotárselos, y ya sin lágrimas en ellos, pudo ver claramente que no se equivocaba. Allí estaba, en la habitación de Ángela, con la caja de música en sus manos. Llovía. Por la ventana vió cómo ella llegaba y dejaba el coche frente al garaje. Llovía tanto que no quería entretenerse a abrir la puerta.
Entonces recordó ese día. Ese era el día en el que su memoria emprendió un viaje para anestesiarlo del dolor. De un dolor que ni aún sumido en las tinieblas de la demencia voluntaria, había podido mitigar. Recordó que entonces él la llamó, desde la ventana, y ella dijo “Ahora mismo subo”. Nunca llegó a esa habitación con él, las malditas y viejas escaleras de madera decidieron cambiarle la vida y cobrarse la de ella. La mujer que más amaba en el mundo. Lo único que él tenía.
Decidió entonces sacar casi el cuerpo entero por la ventana, a pesar de la lluvia. Contempló incrédulo su propio cuerpo, joven y ágil. Gritó tanto como pudo:
- ¡¡¡Ángela!!!! ¡¡¡No subas!!! ¡¡¡Ya bajo yo!!!!
Corrió hacia las escaleras y sin saber cómo, se encontró rodando y rodando por ellas. Lejos de mostrar dolor, una sonrisa se dibujó en su cara. No tendría que mirar más por la ventana de esa triste habitación del geriátrico.
Sumido en un sueño profundo, Alberto empezó a oir de fondo la música de la caja de Ángela. Se sintió tremendamente decepcionado ante la idea de que todo hubiera sido un sueño. Suspiró. Quiso darse la vuelta en la cama, pero no pudo mover su cuerpo.
- Hola cielo. ¡Ya te has despertado! ¿Cómo te encuentras hoy?
Ángela. Una Ángela madura y a la vez divina le besó la frente. Su cuerpo no tenía vida, pero de repente su corazón recuperó toda la que no había tenido en todos estos años. Qué más daba todo, ahí estaba ella. Lo había estado siempre. Una ráfaga de recuerdos inundó su mente… cada uno de los innumerables momentos que había compartido con ella después del accidente. ¿Era eso real? También tenía en su mente la vida del Alberto abandonado a la tristeza. Ángela le preguntó con preocupación si todo iba bien.
- No pasa nada; sólo he tenido una larga pesadilla. Me alegro tanto de tenerte a mi lado…
Penélope (El tren)
Varias veces había estado sentada en ese banco de la estación, con su maleta preparada, esperando ese tren que al final nunca cogía. Era como si, sin quererlo, su nombre la uniera irremediablemente a ese lugar. Sus padres la llamaron Penélope, como la de los zapatitos de tacón y el bolso de piel marrón, esperando la llegada de su amante. Pero a diferencia de la otra Penélope, ella no espera ningún amante, jamás bajaría de ese tren el amor que ella esperaba. Lo que ella deseaba era subir en él. Hiur, dejar muy lejos aquél lugar, aquella gente, dejar atrás su vida. Y empezar de nuevo en otra parte.
Pero durante años y años no tuvo valor de hacerlo; más por lo que dejaba que por miedo a lo que encontraría. Pasaba algunas tardes en la estación, ya sin intención alguna de subirse a ningún tren; simplemente soñaba despierta mientras veía a la gente subir y decir adiós por la ventanilla. Para el resto de los mortales el tiempo pasa porque se mueven las manecillas del reloj. A Penélope se le escapaba el tiempo en cada tren que no cogía. Y fueron muchos los trenes que dejó escapar.
Un buen día se dio cuenta de ello. Se había pasado la vida soñando. Había pasado años ocupando un lugar que no deseaba, pero no se atrevía a abandonar. Se dio cuenta de que se le había hecho tarde, demasiado tarde. Y entonces tuvo claro, más claro que nunca, que era la hora de partir.
Decidió ponerse sus zapatos de tacón, pintarse los labios de carmín. Aún quedaba algo de belleza en ella, a pesar de los años. Sacó su vieja maleta de los sueños de debajo de la cama y la llenó de todo aquello que realmente le apetecía llevarse. Nada de ropa, ni cosas útiles. Ella quería llevar consigo aquellas pequeñas cosas que quería, que consideraba realmente suyas.
Se sentó en el banco de la estación, a esperar una vez más ese tren que jamás cogió. Sintió emoción cuando lo oyó a lo lejos, y no pudo contener las lágrimas, tantas como trenes había perdido. Ya llegaba, llegaba el tren y llegaba su momento. Asió su maleta y cerró los ojos.
Nadie había reparado en ella; nadie pudo hacer nada. En unos instantes Penélope, la mujer de los zapatos de tacón y la maleta marrón, había desaparecido bajo el tren. No era el destino que ella quería, pero al fín, había conseguido cambiar de vida.
El columpio
Me gustaba cerrar los ojos y notar el aire en mi cara, sentir ese pellizquito en el estómago mientras creía que volaba. Inmersa en mi sueño despierto, en mi inconsciente consciente, me aislaba del mundo y sólo en algunos momentos percibía cachitos de realidad. Era un regreso sereno, lento, para no sumergirme de repente en la crudeza existente, en la vida real. Para dejar de sentirme liviana, etérea y poderosa sin caer en una tristeza profunda. Como cuando te despiertas de un maravilloso sueño y descubres que no era real.
Las voces volvieron paulatinamente a mi cabeza. Eran distintas. Una gran orquesta anarquista de niños interpretaba una pieza contemporánea, grito por aquí, grito por allá… Risas de fondo, golpes rítmicos de algún niño aporreando algo… La luz era también diferente. Mucho más real, menos cegadora. Abrí los ojos. Estaba al aire libre… y eso me sorprendió. Intenté pensar por qué, pero mi mente estaba vacía. Solía ocurrirme después de esas inmersiones oníricas. Pero no recordaba qué hacía allí. Estaba en un parque. Me resultaba familiar… Miré hacia abajo y no vi mis largas piernas enfundadas en el maillot. Llevaba una faldita corta, calcetines largos, rodillas rascadas. Mis piernas eran pequeñas. Me miré una mano mientras me sostenía con la otra al columpio. No dejaba de balancearme. Mi mano era la de una niña. Miré al lado, había alguien columpiándose a mi derecha. Era Sara!!! Mi mejor amiga, mi inseparable compañera de juegos. Qué alegría!!! Hacía años que no la veía; me dijeron que sus travesuras ya habían ascendido de nivel y estaba metida en el sórdido mundo de la heroína. No podía ser, jamás quise creerlo. Y ahí estaba, dulce, angelical, inocente, con todos sus rizos de fuego volando libremente. Nos miramos y nos sonreímos.
Cielos, ya recuerdo el parque!!! Es el que abrieron nuevo, junto a las casas del final de la calle. Sara y yo pasábamos allí horas y horas. Jugábamos a mil cosas, pero nuestro lugar favorito era ese, ese que nos permitía volar a las dos juntas, a veces dándonos la mano. Los columpios.
Pero…. No puede ser. ¿Qué hago yo aquí? Hago un esfuerzo más, debo regresar del todo. Mis compañeros de profesión siempre me han dicho que deje de soñar mientras trabajo, que no es bueno entrar en tal estado de nirvana. Se requiere concentración, no abstracción. A mí siempre me había funcionado de maravilla, ¿por qué cambiarlo? Ahora empezaba a dudar. Quizá tengan razón. Esta vez me está costando ubicarme.
Y de repente lo veo todo claro… La luz cegadora no es el sol, son focos. Los gritos no son niños jugando, es el público. La música, mágica y zalamera, lo envuelve todo. Yo vuelo, vuelo, vuelo. La música cesa repentinamente, la luz se apaga. No oigo gritos. No vuelo. La carpa blanca del circo gira y gira a mi alrededor.
Sara me tiende la mano. Yo sonrio. Le acerco la mía y me ayuda a levantarme, me quiero ir con ella al parque.
El fín del mundo
Francia había tomado medidas. Portugal también… Todos los científicos de los países vecinos se estrujaban los sesos desde que habían podido calcular la zona “aproximada del impacto”. España, más chula que un ocho a lo ancho (osea, infinitamente chula), había considerado que era un meteorito insignificante, que las probabilidades de impacto eran mínimas, y que tenían sus misiles ocupados.
Ese molesto meteorito no seguía ninguna trayectoria clara. Era como si hubiera decidido pegarse un homenaje con Cardhu antes de dirijirse hacia la Tierra. La verdad, lo entiendo. Hay que ponerse a tono para enfrentarse a este mundo…
A medida que se acercaba la hora más o menos prevista del impacto, los científicos se iban tranquilizando. El meteorito iba disminuyendo de tamaño y con un poco de suerte, al entrar en contacto con la atmósfera, acabaría desintegrándose en mil pedazos. Como mucho le caería una chinita a alguien. Pero España ya estaba acostumbrada a la inmigración ilegal. Tanto, que le resbalaba.
El resto, sucedió muy rápido. Como se había decidido no alarmar a la sociedad, la historia del insignificante meteorito se había ocultado. El gobierno tenía experiencia en esas cosas… De repente, el cielo de Madrid se oscureció. Un ruido ensordecedor obligó a todo aquél que circulaba por la calle a mirar hacia arriba. Apenas nadie pudo ver nada… De repente ya se había oido un inmenso BUM. El insignificante meteorito cayó sobre un edificio, convirtiéndolo en cuenstión de segundos en polvo más o menos cósmico. Porque por alguna razón del cosmos, ese minimeteorito no se había desintegrado. Y había ido a caer sobre la sede de un importante periódico. Y así fue como sucedió el fín de El Mundo.
El fútbol
Las nueve. Ya tenía la cena preparada, iba a quedar estupendamente gracias a un restaurante cercano a casa que preparaba comida para llevar. Aunque él ya sabía que la cocina no era mi fuerte, no quería quedar mal. Le dije entre risas “ven, que te haré una buena comidita”, pero eso no me obligaba a tener que currarme la cena…
Me temblaban las piernas. Esa noche sería la primera vez que lo vería en persona. Cuando conocí a Sergio en Internet, creí que era una chica. Su nick era Saeta Rubia. Me sorprendía continuamente con sus comentarios agradables en mi blog. Así fueron pasando los días, hasta que después de llamarle “guapa” reivindicó su condición masculina. Así que esa nueva amiga resultó ser amigo. No sabría decir en qué momento empezó a ser imprescincible en mi día a día, pero esos breves comentarios se convirtieron en largos mails y después en largas conversaciones telefónicas. Aunque su aspecto físico me parecía irrelevante, fue una grata sorpresa ver como en cada foto que me mandaba me parecía más y más atractivo. Me sorprendió que no fuera rubio… desde luego su nick era para jugar al despiste. Tardamos mucho en armarnos de valor y quedar para cenar, pero al fín y al cabo era una tentación difícil de resistir porque ambos vivíamos en la misma ciudad. Y ese momento había llegado.
Sóno el móvil. En la pantallita ponía Sergio. Mierda!!!! Se ha rajado, pensé. Pero Sergio estaba abajo y simplemente no recordaba el piso. Inspirar, expirar, inspirar, expirar… Ya subía por las escaleras. Mi cara de boba debía ser supina. Nos dimos dos tímidos besos y nos devoramos con la mirada entre rubores compartidos.
El magnífico vino que trajo ayudó a paliar nuestra timidez, y a cada sorbito íbamos reconociendo en el otro aquella personita con la que habíamos pasando tantos ratos, con la que habíamos soñado tantas veces. Es curioso cómo la vida te quita una y otra vez la razón. Cuántas veces había dicho que no creía en esos amores de Internet. Sergio y yo habíamos conectado a la perfección; cada cuál con sus manías, sus traumas, su lado freak. Pero a mí Sergio me parecía mucho más normal de lo que él admitía ser. Supongo que se tiende a exagerar, para que llegada la hora de la verdad no haya decepciones.
De la cena ni me acuerdo, sólo nos mirábamos fijamente…. Ni sé de qué hablábamos. Yo sólo deseaba acabar ese maldito plato preparado de nouvelle cousine. Tomamos el postre mientras mi pie descalzo acariciaba sus piernas, muslos arriba, con una sonrisa picantona y unas chispitas en los ojos que bien podrían haber incendiado mi nada ignífugo loft. Le ofrecí un bombón y se lo di de mis labios. En chocolate se fundió en milisegundos, con el calor intenso de dos lenguas que se encuentran por primera vez. Y en pocos segundos más estábamos devorándonos sin paciencia, sin timidez, sin ropa. Explorando cada cachito de nuestros cuerpos, haciendo las presentaciones oportunas. Yo me vanagloriaba de tener una boca hecha para el pecado, él de tener las manos más hábiles del planeta Tierra. Así que ese primer encuentro no pudo durar demasiado, nuestra excitación era extrema. Le pedí que me penetrara, quería sentirlo dentro, acercarme a ese estado de comunión absoluta entre cuerpo y alma, dejando de ser dos y sentirnos como sólo uno. Me susurró al oido “cielo, no aguanto más” mientras yo notaba que iba a echar a volar. Y cuando SÍ, llegó, SIIIIÍ, yo volaba sobre montañas… algo me hizo caer de golpe. Él gritaba GOOOOOOL mientras se corría. Odio el fútbol.
Al fín y al cabo siempre creí que lo de Internet no era buena idea.
Amistad
Simón fue siempre todo lo que yo no fui. Era un niño atlético, atrevido, gracioso y extrovertido. A pesar de mi carácter reservado, él entró en mi vida de una forma natural, con gran facilidad, como si una parte de él ya existiera en mi interior y hubiera una conexión más allá de cualquier razonamiento lógico. Durante todo el verano, que se presentaba tedioso y largo como una letanía, pasé horas y horas con mi nuevo amigo. Con él aprendí cada rincón de aquél pueblo de desierto castellano, a bañarme en las balsas de riego de los agricultores y a salir corriendo casi en cueros cuando nos pillaban. Pasábamos también largas horas en mi habitación, en casa de la abuela. Estaba tan contenta de que fuéramos a pasar el verano con ella, que me tenía reservado uno de los mejores dormitorios para mí solito. Allí podíamos representar obras de teatro, hacer batallas, leer durante horas El viaje al centro de la tierra o simplemente tirarnos al suelo y dejar libre nuestra mente, mirando al techo. Ese y los siguientes veranos fueron los mejores de mi vida.
Cuando regresaba a la ciudad volvía a sentirme solo. Mi madre se preocupaba por mí aunque intentara disimularlo, me decía que debía encontrar alguna amistad y olvidarme de que Simón esto, que Simón lo otro. Nunca le gustó, ponía mala cara siempre que lo nombraba.
La muerte de mi padre me convirtió en un pequeño adulto de 12 años de la noche al día. La abuela decidió venirse a vivir con nosotros a pesar de su pánico a la ciudad; debió pensar que podría superarlo junto al de mi madre a la soledad. A veces, cuando los pánicos se acompañan, se dan la mano y desaparecen. Yo dejé de ver a Simón. Cuando fuimos a buscar a mi abuela ya no estaba. En cada uno de los viajes fugaces que hicimos para recoger los últimos trastos que allí quedaban de la abuela, yo me escapaba a buscarlo. Corría por todo el pueblo, tratando de encontrar a mi amigo en todos aquellos lugares en los que habíamos reído tanto. Pero jamás volví a verlo.
Ayer fui a comer a casa de mi madre. La paella le sigue quedando exquisita. Mientras comía el arroz, con la mirada perdida en el plato, pensé que mi relación con ella había sido como una gran paella y cada grano de arroz era un silencio que me comía. Hace años que le dejé de hablar de mi padre, de Simón, de mi infancia, del pueblo. De repente sentí la necesidad imperiosa de romper ese plato de arroz, de abrazarme a ella como si aún fuera un niño y llorar en su regazo todo lo que no lloré porque un día me convertí en adulto. Ella me rodeó con sus brazos y lloró conmigo. Pasamos la tarde hablando, recordando cuando yo era niño. Sonreía mientras me decía lo bueno que había sido siempre, lo bien que me portaba y cómo me entretenía solo. Me contó cómo se armó de paciencia para escuchar mis historias sobre Simón, porque en aquel desértico pueblo yo era el único niño.
El instrumento
Me sentía extraño en aquél lugar, en aquellas calles tristes y mojadas. Aunque me había criado allí, no me embargaba ningún tipo de nostalgia. A pesar de los veinte años que llevaba ausente. Hoy era otro día lluvioso, como todos los malditos días en este maldito pueblo. Y todos tenían en su rostro esa tristeza perenne, esa borrasca en los ojos que tantas veces había visto en mi padre. Había dejado de verle por una temporada que duró veinte años. Ahora duraría para siempre.
Un reducido número de conocidos desconocidos me dio el pésame con cierta indiferencia. O quizá la indiferencia la llevaba yo de serie. O quizá era ese lugar, que me incomodaba hasta el punto de hacerme contar cuánto rato sería necesario permanecer allí. Afortunadamente no fue mucho.
Me dirigí hacia la casa. A ella sólo me unía el amor que recibí de mi madre, las tardes en las que con ella tocaba el piano. Aquél piano viejo y desafinado de mi abuelo que vivía en el desván, porque mi padre no quería ni verlo. Un ratito, sólo un pequeño rato podía permitirme acariciar las teclas. Debía dejar de hacerlo antes de que llegara mi padre. No entendí nunca ese odio a la música. No entendí nunca su desprecio a mi vocación. Pero entendí que debía marcharme de allí y dejarlo con su amargura, antes de que se apoderara también de mí. Así que me fui, para dejar atrás la suya y conseguir la mía propia.
Todo estaba igual que en mis recuerdos. La radio antigua, las cortinillas hechas por mamá, aquella jaula vacía donde un día debió haber un pájaro que jamás conocí, aquella vieja granada Laffite sobre la chimenea, el brazo ortopédico que papá nuca quiso ponerse. Subí al desván, para ver una vez más el piano. Sin tocarlo pude oir en mi mente su sonido, pude ver con claridad a mi madre, casi pude sentir su olor a lavanda. Con un nudo en el alma me di media vuelta. Quería huir de nuevo. Bajé a toda prisa las ruidosas escaleras de madera. En el pasillo, me quedé parado ante la puerta del dormitorio de papá. No sé por qué lo hice, pero entré. Y allí, bajo la cama, me sorprendió ver asomando una caja. Jamás la había visto. La puse sobre la cama. La abrí. Bajo un montón de partituras se escondía un viejo violín. Lloré. Hacía veinte años que no lo hacía.
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